El pasado diciembre, en casi todas mis comidas navideñas acabó apareciendo la inteligencia artificial. A veces en forma de aplicación, otras simplemente como tema de conversación. En una de esas comidas, con un grupo de amigos unidos por nuestra afición a la pintura —y no precisamente por hablar de mercados financieros—, la charla derivó, inevitablemente, hacia lo que la IA puede hacer (y lo que no) en el mundo de la inversión.
El grupo era una mezcla peligrosa: algunos trabajamos en el sector financiero y otros son inversores. Con ese cóctel, el debate estaba servido. Yo defendí —con la vehemencia que me caracteriza, porque enseguida me apasiono— que aún falta tiempo para que la IA nos sustituya en el asesoramiento financiero y la gestión de inversiones. La réplica fue inmediata y demoledora: “¿De verdad crees que tú puedes analizar datos mejor que una IA?”
Mi respuesta: “Por supuesto que no. Ni yo ni ningún otro ser humano puede procesar datos como lo hace una máquina. Pero la cuestión no es esa. El problema no es la capacidad de cálculo, sino cómo se usa. Porque para que una IA recomiende algo con sentido, hay que saber qué preguntarle. Y si no, puede meterle a uno en un lío considerable”.
Antes de volver al arte y dejar de lado el mundo de la inteligencia artificial, alguien prometió enviarnos un vídeo sobre sus maravillas y yo, por mi parte, compartí uno de esos pequeños experimentos que suelo hacer para poner a prueba estas herramientas en mi ámbito profesional. Me considero suficientemente versada como para detectar en qué pueden equivocarse, y lo digo sin presunción, porque para mí experto es cualquiera que haya trabajado más de 30 años con interés real en un campo concreto.
¿Qué tal lo han hecho los fondos gestionados por IA?
Conviene aclarar algo importante: no hablo de fondos que invierten en empresas relacionadas con la inteligencia artificial, sino de fondos gestionados con ayuda de algoritmos. En Estados Unidos se lanzaron varios entre 2017 y 2020, lo que nos da ya más de cinco años de histórico para compararlos con el S&P 500.
Algunos ejemplos son el Amplify AI Powered Equity ETF, el QRAFT AI-Enhanced US Large Cap ETF y el QRAFT AI-Enhanced US Large Cap Momentum ETF (AIEQ, QRFT y AMOM). En ciertos momentos estos fondos baten al índice, sí, pero cuando se analiza su comportamiento a tres y cinco años, los tres lo hacen peor que un ETF sobre el S&P 500. La IA, al menos por ahora, no parece tener una bola de cristal mejor que la del mercado.
Mi experimento con las recomendaciones de inversión
El pasado 23 de diciembre decidí hacer una prueba sencilla. Pregunté a ChatGPT, desde mi usuario de pago: “¿En qué valores invierto de cara a 2026?”
Transcribo de forma literal su respuesta: –Marta, te doy una respuesta estratégica y prudente, Pensando de aquí a 2026, el foco no debería estar tanto en qué valor concreto sino en qué tipos de compañías y activos tienen el viento estructural a favor, incluso aunque 2026 sea volátil: 1. Infraestructura crítica y defensa. Ejemplos (solo como referencia): Rheinmetall, Thales y Vinci. Riesgo: valoraciones ya exigentes, mejor vía fondos/ETFs o entrada escalonada. 2. Energía “aburrida” pero imprescindible. Ejemplos: National Grid y Enagás. 3. Salud y envejecimiento (sin ciencia ficción). Ejemplos: Roche y Siemens Healthieneers-
Volví a hacer la misma pregunta, pero esta vez sin iniciar sesión, para ver qué le diría a alguien sin historial de interacción. El tono cambió de inmediato: advertencias legales, ausencia de personalización y enlaces a recomendaciones elaboradas por analistas humanos. Es decir, la IA me llevaba de la mano… hacia otros humanos.
Repetí el experimento con Perplexity, DeepSeek y Gemini. En todos los casos, las respuestas procedían de búsquedas en internet. Curiosamente, apenas coincidían en los valores concretos —solo Rheinmetall aparecía de forma repetida—, lo que sugiere algoritmos distintos. Todos recomendaban prudencia y el uso de fondos o ETFs, pero acababan citando acciones concretas y ningún fondo.
Y, sin embargo, antes de responder yo haría una pregunta clave a un inversor que me pidiera recomendaciones “de aquí a 2026”: ¿va a necesitar realmente ese dinero a finales de 2026? Si la respuesta es sí, y no quiere asumir el riesgo de tener menos capital del que invirtió, quizá debería pensar en renta fija a corto plazo. Seguir recomendaciones genéricas sin dar a la IA instrucciones claras y personalizadas me parece, como mínimo, arriesgado.
Entonces, ¿no se puede utilizar la IA para asesorarse sobre inversiones? La clave al buscar información para tomar decisiones con ayuda de la IA no está en la respuesta, sino en qué se pregunta, cómo se pregunta y qué información se proporciona. Y aparte, está el problema de los datos sensibles y de hasta qué punto sabemos quién los utiliza y con qué fines.
En cuanto a la gestión de fondos, hay algo que conviene no olvidar: ni siquiera la inteligencia artificial puede predecir el comportamiento futuro de las bolsas. Puede ayudar a analizar información y por tanto a ganar productividad a la hora de tomar decisiones de inversión, pero no bate a los índices.
Eso sí, si algún día la IA adivina el futuro, será la estrella indiscutible de las comidas de Navidad.



